El bono de los viernes que nadie esperaba0 мнения

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преди 2 месеца  

Trabajo en una tienda de ropa. Sí, de esas de centro comercial donde la música es siempre la misma y los clientes doblan camisetas que tú acabas de ordenar. Los viernes son un infierno controlado. Gente nerviosa, niños corriendo, devoluciones absurdas. Cuando salgo, a las diez de la noche, lo único que quiero es llegar a casa, quitarme los zapatos y no hablar con nadie hasta el día siguiente.

Ese viernes fue especialmente duro. Un cliente me tiró un pantalón a la cara porque no teníamos su talla. Una señora me discutió quince minutos por el cambio de una camisa que claramente ella había manchado con maquillaje. Llegué a casa con la cabeza llena de ruido y las piernas temblando. Mi pareja ya estaba durmiendo. No quise encender la tele. No quiero molestar. Así que me senté en el sofá, a oscuras, solo con la luz del móvil.

No tenía ganas de redes sociales. No tenía ganas de series. Tenía ganas de algo rápido, algo que me sacara de mi cabeza sin pedirme mucho a cambio. Recordé que un compañero de la tienda, el más joven, siempre habla de una página donde se conecta cuando el turno ha sido muy pesado. Me pasó un enlace una vez, en el descanso. Lo busqué en el chat. Allí estaba, azul y subrayado. Lo toqué sin pensar.

Era https://vavada.solutions/es/. Abrió rápido. El diseño me pareció un poco ruidoso, pero no desagradable. Había algo en los colores que me recordó a los salones de juegos que veía en las películas americanas de los ochenta. Me registré con un par de toques. Nombre, correo, contraseña. Elegí un método de pago que uso solo para compras pequeñas. Ingresé veinticinco euros. El precio de la cena que no iba a hacer porque ya había comido mal en el descanso.

Empecé a jugar sin método. Un poco aquí, un poco allá. Una ruleta rápida que no entendí bien. Una máquina de frutas que me recordó al súper. En quince minutos había perdido quince euros. “Mira”, pensé, “mi mala suerte también trabaja los viernes por la noche”. Me quedaban diez euros. Justo los que había pensado gastar en un helado de camino a casa. Ya no había helado. Solo diez euros virtuales y una pantalla que me miraba fijo.

Entonces vi un juego que no había probado. Tenía un nombre ridículo, algo así como “El Tesoro del Bufón”. Un payaso con cara de loco y un cofre que se reía. No me gustaban los payasos, pero algo me empujó a darle una oportunidad. Quizá el cansancio. Quizá la rabia del cliente del pantalón. Quizá solo el aburrimiento.

Giré la primera vez. Nada. La segunda. Tampoco. La tercera. Una línea pequeña. Cinco euros. Me quedaban cinco. Di un par de giros más, nada. Ya solo me quedaba un euro. Un único euro. “Venga”, me dije, “un último baile, total, ya no hay nada que perder”.

Toqué la pantalla. El bufón se rió. Pero esta vez no fue una risa normal. Fue una carcajada larga, metalizada, que hizo vibrar el móvil en mi mano. El cofre se abrió. La pantalla se llenó de monedas de colores. El contador empezó a subir sin parar. 20, 50, 100, 200, 350. Se paró en 380 euros. Me quedé paralizado. El sofá a oscuras. La casa en silencio. Solo yo y esa cifra imposible brillando como un faro.

No lo dudé ni un segundo. Fui a retirar. Pedí el dinero a mi cuenta. En menos de una hora, los 380 euros estaban ahí. Justo donde una hora antes solo había un saldo justo para llegar a fin de mes. Apagué el móvil. Me quedé un rato mirando el techo. Y luego, sin poder evitarlo, sonreí. Una sonrisa pequeña, de esas que se te escapan solas.

Al día siguiente, al despertar, le conté a mi pareja. Primero no lo entendió. Luego pensó que bromeaba. Cuando le enseñé el saldo del banco, abrió los ojos como platos. “¿Todo esto por un payaso de dibujos?”, preguntó. “Sí”, respondí. “Por un payaso y un euro de viernes noche”.

Con ese dinero hicimos dos cosas. La primera, arreglar un grifo que llevaba meses goteando. Una tontería, pero nos volvía locos. La segunda, comprar un ventilador de torre porque el verano se acercaba y nuestro viejo ventilador parecía una aspiradora. El resto, unos cien euros, los metimos en un bote para un fin de semana fuera. Todavía no lo hemos gastado. Pero cada vez que lo vemos, nos acordamos de aquel viernes absurdo. De las camisetas mal dobladas. Del cliente del pantalón. Y de cómo un payaso virtual nos regaló el silencio del grifo y la brisa del ventilador.

Ahora los viernes, cuando salgo de la tienda con las piernas hechas polvo, no voy directo a casa. A veces paso por la heladería. Me compro un helado y me lo como caminando. Y si me sobra algo, cuando llego, abro la página de los colores chillones. No siempre gano. La mayoría de las veces pierdo. Pero me da igual. Porque aprendí que una vez, un jueves por la noche, en el sofá a oscuras, un bufón me devolvió la fe en que los días malos pueden terminar bien. No todos. Pero alguno. Y con eso, al menos por ahora, me basta.

 

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